Roja
Despertó sobresaltada tras una noche de pesadillas. Durante horas, soñó con el regreso del lobo, miró una y otra vez sus grandes ojos amarillos. Sentía la rabia y la melancolía de la bestia. Tomó su capa roja, que parecía más pequeña después del ataque, y salió al bosque para regresar a casa. Prometió a su abuela visitarla más a menudo, pero ella no la reconoció. La mañana era calurosa y, al poco tiempo, sintió la boca seca. Buscó agua en su canasta, sin embargo, no había nada ahí. El miedo la invadió y supo que su mamá no esperaba que volviera a casa. Intentó encontrar otra explicación, sin embargo, ella sabía que el amor no olvida el agua. Hiló el horror de la tarde pasada y nada la preció una coincidencia: un bosque de espantos para ella sola. Horrores. Los árboles, las brujas y otros terrores podrían devorarla, mientras que, en casa, el desprecio y el olvido quién sabe qué harían con ella. A dónde ir.
Agradeció tener recuerdos y partió a los grandes ojos amarillos.
Se busca primer trabajo
Ando en la terrible y, hasta ahora, infinita búsqueda del primer trabajo. Tras algunos meses de tranquilidad por decisión propia y deudas con el tiempo, estoy en la orilla del mundo laboral que, dicen, es un océano de pirañas. Siento el aliento pesado de mi alrededor, sin malas intenciones, en la espalda: Corre, regresa a la normalidad. Estar en calma es salirse del camino y eso es tomado como un fracaso. De vez en cuando me miran como si hubiera dejado de respirar por no estudiar, ni trabajar. En mi pastel de cumpleaños (ya con veinticuatro velitas) me desearon trabajo como si la felicidad viniera con él. Durante este tiempo, he hecho cosas que me parecen la vida y la alegría (leer, sonreír, mirar, viajar, tomar fotografías, jugar, aprender, lamentar y más), así que estoy tranquilo con ello.
Otro paréntesis y un punto y seguido
He decidido darle unas nuevas pinceladas a la caja: toques cotidianos. Quiero traer vientos más personales y contar otras cosas, sin dejar los personajes, las nubes y los sueños. A ver qué logro.
Y, aprovechando la magia del paréntesis, cuento que apareció Me cortaron la lengua, un breve relato que escribí, en Sea breve, por favor. Y, de paso, invito a visitar Interminables, un pequeño sitio de citas, fotos y otras maravillas que encuentro en los libros.
Ahora sí, punto y seguido, pues.
El día que Dios probó el mole
Mi abuela despierta muy temprano a preparar el mole. Hay cacerolas, cucharones y los misterios que lleva esta maravillosa preparación. Cuando era pequeño, me contó sobre ellos, pero ahora sólo recuerdo el chocolate y el chile. Desde el primer hervor, ya hay ansiosos formados: saboreando y riendo. La tierra quiere probar, sin embargo, quien corre con suerte en los descuidos es la tela. La cacerola es grande, así que hay taco para todos, hasta para el señor con el sol en la cara, quien tendrá la fortuna del recalentado por ser el último: el final.
A mi abuela, que celebra su cumpleaños en aquello que tanto creía. Por primera vez.
La mujer con vestido de novia en el microbús
Va una mujer con su vestido de novia en el microbús. Regresa, en realidad. Se arrepintió a unos cuantos pasos. Todos miran el ramo, esas flores muertas son semillas para el sueño. Hay quien quiere robarlo, pero sabe que aquello borraría el embrujo de la buena fortuna. Ella está avergonzada, pues, con el vestido, ocupa dos asientos y mucha gente va de pie. Sólo eso la sonroja: este disfraz tan estorboso. Bajan, dice. Se levanta como puede. Bajan, grita. Los invitados al microbús aclaman el ramo, pero ella no le desea mal a nadie. Baila sola en la banqueta de camino a su casa: el vestido costó demasiado caro como para desaprovecharlo. No pierde el tiempo, esa misma noche comienza otro romance, esta vez con la sopa instantánea para uno.
Pájaro de tinta
Escuché el canto de un pájaro mientras comíamos. Nadie en la cafetería parecía notar aquella melodía que llevaba el ritmo de las cucharas chocando con las tazas. Comencé a buscar al pájaro, no tenía muchos rincones para esconderse, pues el lugar era bastante pequeño y solitario. En mi mesa sólo había platos y risas. Muy cerca, un hombre leía, sin embargo, de las letras que sostenía no salían canciones. Unas señoras charlaban al fondo, pero ellas sólo eran buitres esperando a que la mesera cometiera un error. Antes de que llegara la desesperación, descubrí el borde de sus alas en una charola. El pájaro volaba en aquella bandeja, se quedaba colores y perdía algunos. Recordé a los camaleones. Jugaba con todas los ritmos, evitando toparse con otros ojos, especialmente con los que tenían las urracas del fondo. Cuánta alegría parecía hallar en la pasta, en la naranjada, en la salsa y en el pastel de queso. Cuando parecía que la canción no tendría fin, la mesera dejó una taza en la mesa del hombre, éste apartó la mirada de su libro para agradecer y, entonces, el pájaro corrió a su brazo. Y ahí estaba: un pájaro de tinta condenado a ser tatuaje en el brazo del hombre que leía. Añorando volar. Anhelando cantar.
Mi postre pasó en silencio.
Tinieblas
Tras descubrir las mentiras, supuse que las tinieblas no guardaban nada malo.
He apagado la última vela para correr el riesgo de las tinieblas. Imito en voz baja el canto de un pájaro intentando saber quién anda ahí, espantar, quizá, con la promesa de la mañana. Pero nadie responde. Camino descalzo sobre la oscuridad por primera vez. Mis pasos desconfiados se vuelven una danza cuando descubro que no hay escorpiones en el suelo. No encuentro a mis miedos. Mi cuerpo se llena de cosquillas y malas palabras. Me dejo llevar por ellas un rato. Espero a las culebras, pero nada sale de mi boca. Sonrío. Podría quedarme en las tinieblas para siempre.
Y en ellas me quedo hasta que descubro que en las tinieblas nada me aguarda. Llego a la nada.
Calma
Estoy en calma. Aquello asusta incluso a las bestias. La gente me teme, la tranquilidad es para los muertos y los árboles. Eso enseñan. Todo se mueve rápido, casi se extingue el anhelo y los calmados parecemos muros. Intentan derribarme, darme un empujón que me impulse a seguir, a caer, pero incluso se puede besar el suelo con calma. Escucho gritos sólo por esperar a que se seque la tinta, aunque ya no exista. Siempre hay tiempo, no todas las sopas deben ser instantáneas. Ya casi ni quedan mesas para la tranquilidad, pues ella sólo debe ser entregada a los viejos y en el más allá. Sin embargo, la juventud también puede ser aullidos y calma. De vez en cuando hay que volver a esperar. A mirar.
Sueño en marzo
Voy huyendo en un caballo. He olvidado qué hay atrás, pero el horror sigue en mi piel. No sé a dónde ir, pero sé cómo llegar. Mi caballo corre más rápido cuando escucha mis pensamientos, también teme. Veo y entiendo, no sé si es el mar, un bosque o el espacio, pero sé que es un desierto. Ideas soberbias invaden mi cabeza: pronto mi caballo morirá de cansancio y yo tendré que darle un último pensamiento al mundo. No quiero adelantarme más, pues podría quitarle la maravilla a esas palabras finales, sin embargo, lo hago. Intento hacer treguas con el silencio, pero mis sentidos no dejan de hablar, están devorando cuanto queda, queriéndose llevar algo, lo que sea. La desesperación me inunda, el tiempo se acaba. Miro a mi caballo hecho de espejos y gozo un último reflejo. No es una sombra, soy yo, lo sé. Sonrío, deseando que ése sea el punto final de la historia, sin embargo, mis labios delatan unos dientes negros, colmillos, no, cuchillos hechos de tinieblas empuñados hacia mi boca. Encuentro a la bestia.
Mi muerte
Comencé a desear mi muerte el viernes por la mañana. Nada especial había pasado. Era una mañana como cualquier otra. Nunca había deseado mi muerte. Algunas veces quise detener el tiempo, pero siempre pensando en volver.
Tras una mañana como cualquier otra, sentí que mi cuerpo desaparecía. Cuando mis piernas se fueron, conservé el equilibrio. Aquello, creo, me dejó seguir el viaje con calma. Unos minutos más tarde, yo era el vacío. Me sentí infinito, y más tarde, diminuto. Cuánta felicidad: era las bestias y la razón en el mismo momento. Mis pulmones reclamaron aire y regresé. Poco a poco, mi cuerpo fue apareciendo mientras me hundía en los lamentos.
Comencé a desear mi muerte ese día. Imaginé que moría cientos de veces, la fantasía daba frutos tras años de cultivarla. Algunas muertes eran simples, pero también vi a un dragón atravesarme el estómago con sus garras. Cada muerte me parecía más cercana.
He olvidado cuándo la encontré. Creo que seguí deseándola incluso cuando ya había corrido por mi cuerpo. Quizá ocurrió un sábado cualquiera.